12 mar 2015

De pedantes, artistas y otros culteranos repelentes de mierda

Siempre ha habido gente resabiada, personas con un ego excesivo que se hinchan de más cualidades de las que realmente poseen. Es lo que se conoce como "ser un pedante". Todos nos hemos topado alguna vez con un listillo cargante que nos ha molido el cerebro con sus postulados de erudición que, por poner algún símil pedagógico, nos sientan igual que esa monótona ensalada de col que no habíamos pedido en el restaurante y, para colmo, está seca e insípida.

Siempre ha existido el sabihondo, el que quiere aparentar más conocimiento del que tiene, eso es verdad. Pero durante los últimos años, ha surgido un nuevo tipo de pretenciosidad que ha ido germinando paralelamente al avance tecnológico de la informática. Se trata del pedante que es pedante porque se ha nutrido de la información que ahora tiene a su alcance y no duda en utilizarla para deslumbrar con ella a su desafortunados interlocutores. Que una cosa es la conversación amena y enriquecedora donde todas las partes disfrutan de la gratificación didáctica, y otra muy distinta la de representar la figura de un catedrático en todas las artes de la vida que, enuncia y actúa como si su verdad fuera única, y como si su verdad no fuera más que la reproducción vulgar y despersonalizada de un discurso extraído de cualquier parte menos de su propio criterio.

Hablando de conocimiento y verdades, a mí me gustaba mucho el método mayéutico de Sócrates para hacer llegar a sus discípulos el conocimiento natural, en contraste con la escuela sofista, donde se adiestraba al alumno esperando que este aprendiera una idea simplemente mediante la absorción de un discurso dialéctico. En cambio, los recursos de las enseñanzas de Sócrates se basaban en la ironía y la refutación, planteando una serie cuestiones con el propósito de que sus alumnos meditaran por sí mismos y llegaran a alcanzar la verdad. Porque la verdad nunca podía ser impuesta por otros, sino que emerge naturalmente del interior de uno mismo.

Es por ello que quiero empezar el tema planteando al lector la siguiente pregunta: ¿a cuántos poetas conocen? Sí, a cuántos. Yo hace años hubiera dicho que a muy pocos o ninguno. Ahora me basta abrir twitter para conocer a 200, o teclear la URL de algún blog personal para enlazar directamente con los sonetos de algún juglar incomprendido que por colocar frases una encima de otra y alinear el texto en modo justificado se cree la reencarnación de algún autor de la Generación del 27.

¿Y fotógrafos? ¿A cuántos fotógrafos conocen? Ahora cualquiera se compra una réflex digital, saca una foto de una puesta de sol con el horizonte medio torcido y ya se considera un profesional. Internet plagadito de blogs con los "trabajos" de estos "artistas" (sí, todo muy entrecomillado) y redes sociales como Instagram alcanzando más de 300 millones de usuarios. Una vez más, las telecomunicaciones al servicio de nuestro virtuosismo artístico frustrado.

Por supuesto que cada uno es libre de expresarse con la manifestación artística que crea más conveniente, y todos somos libres de pintar mejor o peor un cuadro a la acuarela. Lo que resulta grotesco y sonrojante es autoconsiderarte artista, pintor, fotógrafo o poeta por haber pegado cuatro brochazos o haber rimado unas cuantas palabras extravagantes. Es terriblemente ridículo dar a los demás el coñazo con tus historias, verte escribir un pareado romántico en una servilleta y subirlo a una red social con la pretensión de demostrar al mundo que eres un pequeño heredero del gongorismo. Es una falta de respeto para con los demás, y sobre todo, es una falta de respeto para la gente que verdaderamente pertenece a un gremio artístico al que tú estás dañando, probablemente por narcisismo e ignorancia, al trivializarlo en una reverenda mierda de verso, una fotografía desenfocada con dos filtros de mierda que has seleccionado casi aleatoriamente o un calamitoso trazo sobre una triste lámina de pintura.

Antes de pasar a otra ramificación dentro del arte, es conveniente que vuelva a formular al lector una segunda pregunta en aras de remolcarlo despaciosamente hasta el propósito de la verdad: ¿a cuántos críticos de cine conocen? Sí, a cuántos. Yo hace años hubiera dicho que a muy pocos o ninguno. Ahora me basta con visitar la página web de Filmaffinity, o simplemente sentarme en la mesa de un fumadero de shisha con algún cuatroojos con camisetita de cuadros para tener una nueva interpretación de los planos de Kubrick en "2001, una odisea del espacio", ¿no es maravilloso? Cuando no tienes ni idea de nada, no. Es el auge del "notismo", donde todo el mundo tiene el carnet del Círculo de Críticos de Cine del Washington Post y, donde nos encanta clasificar nuestro veredicto con un simple número creyéndonos un Emperador de la Antigua Roma que levantaba o bajaba el pulgar dependiendo de si un espéctaculo le había gustado o no.

Tengo que guardar un espacio también para la "Nouvelle Vague" de pensadores modernos que ha surgido durante los últimos años. Hablo de la gente obsesionada con la información, que absorben documentales y charlas como si fuesen auténticas esponjas. Esto puede ser positivo cuando se tiene una cabeza bien amueblada y con criterio propio, pero es negativo cuando ves un documental de conspiraciones alienígenas que sugiere que el ser humano sólo debe alimentarse de habas porque el resto de plantas cultivables perjudica la fertilidad del suelo para una futura polinización extraterrestre mediante abejas biónicas de Saturno. Podría parecer un ejemplo descabellado, pero hay gente que lo creería si ese documental estuviese narrado por un norteamericano de nombre altisonante, como por ejemplo, qué se yo...Richard Gilderman, Máster en "Costumbres Apicultoras de Insectos Himenópteros Biónicos" por la Universidad de Kentucky. Somos así de subnormales.

Pero no nos engañemos, bendita sea la tecnología cuando nos da acceso alternativo a la información fuera de la influencia de los medios de comunicación alineantes tradicionales. El problema es cuando la información sigue alineándote a ti, y tú te crees en posición de sentar cátedra sobre un tema y te dedicas a adoctrinar a los demás con tu nueva y revolucionaria visión del mundo. El problema es cuando seleccionas la información de manera deliberada para que esta se adapte a las convicciones que defiendes. No importa cuántos estudios científicos le enseñes al vegetariano más intransigente sobre el divulgado estereotipo de que una dieta libre de carnes puede ser perjudicial para su salud: él siempre acudirá a internet para rebatirte con los estudios contrapuestos sacados de una página de propaganda vegetariana. No importa cuántas suspicacias sobre la no existencia de Dios le muestres al fundamentalista islámico: él siempre acudirá al Corán para recitarte el versículo oportuno. Apuntaba Fernando Savater en su libro "El valor de elegir" que el radicalismo no se trata de una forma de firmeza en las convicciones, sino en realidad todo lo contrario, porque la persona radical es aquella que no soporta vivir con los que piensan de modo diferente a él, temiendo que ellos tampoco estén tan seguros de lo que presumen creer. Por eso Nietzsche sostenía que "el fanatismo es la única forma de voluntad que puede ser infundida en los débiles".

La gente es imbécil. Eso no lo dijo Nietzsche, lo digo yo. Vuelvo a recurrir a las técnicas socráticas para evidenciarlo: ¿cuántas personas han tratado de imponeros alguna idea o pensamiento a lo largo de vuestras vidas? Sí, cuántas. ¿Cuántos sofistas de poca monta nos envuelven permanentemente en sus trampas dialécticas para intentar convencernos mediante argumentos embaucadores de que su lógica es innegable? Yo hace años hubiera dicho que 45.000 millones, y ahora lo sigo confirmando. Todo desde la soberbia y el engreimiento del que se considera ilustrado, todo desde la pedantería más ponzoñosa y exasperante. Ahora tenemos al físico hablando de historia con una firmeza ciegamente irrebatible, al historiador hablando de física como si hubiese cambiado el mundo con una nueva Teoría de la Relatividad, al matemático hablando tranquilamente de sociología, al sociólogo pronunciando despreocupadamente fórmulas trigonométricas, diatribas llenas de falacias donde todos saben de todo y todos se niegan a recular para no dejar margen a una mínima fracción de ignorancia que pueda magullarles la fibra del orgullo.

Pero detrás de toda esta fanfarronería hay, una vez más, complejos, recelos y miedos escondidos entre la maleza de las palabras grandilocuentes y la reproducción literal de los argumentos populares que defienden las figuras consideradas socialmente ejemplares. Está la estratagema de internet como enciclopedia infalible en la que apoyar nuestras suposiciones y carencias conceptuales, y así vamos alimentando al monstruo hasta que este se cree un auténtico doctor en cualquier disciplina de la que se discuta. Al final todo desemboca en un corporativismo mediocre, en la propaganda más insulsa con la que disfrazamos nuestra ignorancia y nuestra vulgaridad repitiendo postulados de ideologías lamentables o autoetiquetándonos como artistas incomprendidos, pequeños genios cuyo talento ha sido oprimido por la indiferencia social y que sólo reconocen unos pocos elegidos. Elegidos por nosotros mismos, claro.

Así es como nos encumbramos en un falso elitismo con el objetivo de autoconvencernos de nuestras virtudes. Por eso siempre me han hecho gracia expresiones como "el fútbol es el opio del pueblo", la suelen usar los pedantes más repelentes para separar su infinita sabiduría de las supuestas costumbres borreguiles de la muchedumbre, como si el hecho de seguir un deporte implicara no leer a Tolstoy o no estar comprometido socialmente con algo. También está muy de moda creerse inteligente por el simple hecho de escribir sin cometer faltas de ortografía. En un país donde más del 97% de la población está alfabetizada, para mí no tiene especial mérito este detalle, por eso se me escapa una sonrisa condescendiente cuando percibo esos donaries del "ilustrado" que piensa que su discurso está teniendo una firmeza increíble por el mero hecho de redactarlo colocando las tildes en su sitio y decorándolo con cierto orden en la estructura y algunas palabras cultas.

Hablando de palabras cultas, hay también unas cuantas que se han vuelto muy populares últimamente gracias a los pedantes. Recuerdo que a finales de los años 90 estuvo muy de moda utilizar el adverbio "básicamente". En la actualidad se sigue usando con cierta frecuencia, pero sin duda la palabra contemporánea que se lleva la palma es "demagogia". Se ha convertido en el vocablo predilecto de los sofistas de nuestra era, probablemente porque se le ha acabado dando un significado tan ambiguo que, unido a la rimbombancia de la palabra que puede servir para simular un cierto grado de cultura por parte de quien la usa, también es un arma arrojadiza ideal para defender una conclusión defectuosa o evitar los razonamientos de los demás sin tener contra-argumentación. No pienso revelar en este blog el auténtico significado de la palabra "demagogia", será gracioso seguir viendo cómo se utiliza en contextos cada vez más absurdos como argumento definitivo para zanjar debates y quedar como un erudito de cualquier tema.

Podría seguir varios párrafos desvelando más tácticas oratorias de los pedantes para disfrazar sus deficiencias. Otro día, si quieren, hablamos de cómo despreciar un argumento ajeno tachando de comunista, fascista, machista, etnocentrista, y otras palabras acabadas en -ista cualquier disertación con la que no estemos de acuerdo. O cómo podemos dar la impresión de ser unos maestros en sociología y aprendizaje dialógico simplemente llamando "constructo social" a todo y quedándonos tan anchos.

Soy de los que piensa que reconocer la propia ignorancia es lo que hace al hombre más sabio. Pero tampoco voy a permitir que algunos vengan a hacerme pedagogía con un alegato sacado de internet y un par de libritos leídos a conveniencia para fundamentar con palabras rebuscadas las apetencias de sus ideologías o convicciones. Antes uno se podía identificar o no con el marxismo después de leer la obra de Marx, ahora son marxistas preliminarmente a leer nada y, cuando leen, sólo lo usan para gargajear lo que han leído a fin de ponerle un autor célebre a la terquedad de sus creencias. Y aclaro que he usado a Marx simplemente como ejemplo didáctico de lo que describo, no porque simpatice con el liberalismo económico. Si eres un anarcosindicalista o alguna de estas historias, cambia a Marx por Adam Smith, David Ricardo o quien te salga de los cojones.

Los sofistas se tenían a sí mismos por sabios. No buscaban conocer la verdad tal como era, sino la que más se arrimaba a su propio beneficio. Y en esta época en la que tantos se creen en potestad de la verdad absoluta, lo verdaderamente irónico es que al final la gente acaba persuadida por la ensalada de col más insustancial del restaurante, casi la que no habían pedido pero la que el camarero les supo vender con la mejor elocuencia mercantil del mundo. Normal que en esta época surjan aberraciones sociales como el Pequeño Nicolás, nutridas de fachada y sermones sofistas que encuentran aceptación entre las masa amorfa sin valores personales ni ideas propias.

Por mi parte, siempre prefiriré blindar un discurso desde la humildad de poder ser rebatido con argumentos mejores a empecinarme en una convicción por el hecho de aparentar, ocultar carencias o por vanidad. Siempre preferiré el silencio o el decir "yo no entiendo de esto" a la réplica fácil del que sienta cátedra en todo, los dedos rápidos del que teclea atropelladamente en Google para buscar la respuesta que ayude a ganar la discusión, el de las ideas intransigentes y el credo sectario. Elijo ser "un tipo que escribe" o "aficionado a alguna rama del arte en concreto" en vez de autobautizarme como un artista o un genio incomprendido. En definitiva, elijo ser normal a un jodido gilipollas pedante víctima de la moda de la sabiduría.

Por último y para terminar con el texto, me gustaría dejar en el aire varias preguntas en honor al razonamiento socrático para revelar la verdad: ¿se cree el autor de este ensayo un filósofo por recurrir a los autores más elementales de esta disciplina para desarrollar su opinión y hacernos creer que estamos siendo invadidos por el pedantismo? ¿Es otro sofista de mierda que ha usado maniobras dialécticas para embaucar a los lectores ingenuos? ¿Nos está imponiendo su propia verdad? ¿Se trata de otro pedante relamido al autoetiquetarse como un sucedáneo de Sócrates y tratar al lector como a su discípulo? Les invito a reflexionar con calma y hallar las respuestas por ustedes mismos.

1 comentario:

  1. No puedo estar más de acuerdo, joder. Me encanta el desarrollo deductivo que va desgranándose en tus textos hasta llegar al ejemplo que corrobora la argumentación. Sencillo y directo, como debe ser todo.

    En los últimos meses he conocido a varias personas que ejemplifican perfectamente algunos de tus párrafos de forma íntegra.

    Una chica conspiranoica que cree en un caballero que sostiene disparates del calibre “Luis Aragonés y Manolo Escobar fueron asesinados por el gobierno de Estados Unidos”. Porque claro, gente tan vital para el futuro intelectual español, que estaban en la flor de la vida, que murieron en extrañas circunstancias… Pero en cuanto arguyes alguno de sus argumentos, te empieza a soltar pildoritas lastimosas del tipo “qué feliz es la gente en su ignorancia”. Después empiezas a hablarle de cómo ves que Tania Sánchez haya dado plantón a IU y ni saben quién es. Creo que tengo mejores cosas que hacer que comprobar si en Los Simpsons me meten simbología illuminati o no, la verdad. Saberlo tampoco creo que me vaya a ayudar demasiado a ser más feliz. ¿De verdad la gente pretende que estando en medio de una erupción de mierda me preocupen más los pedruscos incandescentes que arroja el volcán por la ladera que la lava que empieza a derretirme la suela de los zapatos? Así que, sí, soy feliz en la ignorancia. El día que tenga un curro fijo y la pensión asegurada, quizás empiecen a preocuparme estas historias. Mientras, me conformo con no creerme todo lo que me cuelan por medios alternativos.

    Después tengo a un amigo al que intento convencer de que no se retraiga a la hora de hablar de fútbol porque la gente, en su infinita modernidad, consideran este deporte para gente con vacíos mentales. Pues qué gilipollez, con la vida de mierda que nos ha tocado vivir, para las dos horas cortas que el Real Betis juega a la semana y consigo distraerme sana y gratuitamente, ¿me vas a decir que no puedo verlo? ¿Me vas a privar de mis distracciones? Pues te digo una cosa, en realidad, ojalá jugase diez horas al día.

    Luego tengo el viejo amigo que por suerte ya no lo es y se dedica a buscar en el blog incorreciones sintácticas, faltas de ortografía y otros pormenores como si olvidar poner tilde en “relojería” desacreditase todo el discurso. Suelen ser los justicieros sociales de la palabra. Estos que se llevan las manos a la cabeza cuando Javier Nart llama subnormales a los niños con síndrome de Down (cosa terrible, está claro) pero ni se molesta en saber la partida presupuestaria tan vergonzosa que se destina año tras año a este colectivo que es tan castigado frecuentemente, no solo a niveles económicos. Eso sí que es agresivo y deleznable, y no los adjetivos que un tío pueda colgarles inconscientemente en un programa de televisión.

    El razonamiento de este tipo de personas es el siguiente: “Es solo tu opinión, yo no opino lo mismo, así que respeta tú mi opinión. La ciencia no puede explicarlo todo. Eres un ignorante, me da igual que haya cientos de estudios que demuestren tu teoría, todos están vendidos a las farmacéuticas y los gobiernos, despierta, no seas borrego. Tu visión es limitada y la mía holística y que digas lo contrario es una posición arrogante fruto del cientifismo. Y ahora te paso un blog donde una persona opina igual que yo para que veas que tengo razón.”

    La generación que cree que todo está en internet es detestable.

    Y para concluir mi comentario, ya que eres partidario de la mayéutica, te dejo una noticia para la esperanza: una de sus hijas, la Institución de Libre Enseñanza que defendían los krausistas españoles, puede que llegue a tener su continuación algún día a través de los jesuitas:
    http://www.abc.es/sociedad/20150308/abci-jesuitas-eliminan-asignaturas-examenes-201503081254.html

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