La
Torre Abenos Harukas es el rascacielos más alto de Japón, con 300
metros de altura, que no la estructura artificial más alta, cuyo
honor corresponde al Tokyo Sky Tree con unos nada desdeñables 634
metros. Inaugurado en marzo de 2014, se trata de un centro comercial (también el más grande del país)
formado por dos edificios pegados que entre ambos suponen una superficie de
100.000 metros cuadrados, repleto de cafeterías, pastelerías,
restaurantes, tiendas de todo tipo, oficinas, un hotel Marriott e
incluso un museo de arte. Las tres últimas plantas de la Torre (de
la 58 a la 60) ocupan el mirador del edificio desde el cual pueden
admirarse las vistas de la ciudad, que intuyo que por la noche debe
ser espectacular. Puede que en la foto que adjunto el Abeno Harukas
parezca más pequeño de lo que es porque está tomada desde una
calle bastante lejana, pero les aseguro que la construcción es una
auténtica mole enclavada en mitad de Osaka.
Llego
hasta la Torre caminando desde Shinsekai, y empiezo a preocuparme
porque estoy falto de efectivo y en Japón escasean los
cajeros automáticos...al menos los cajeros a los que estamos
acostumbrados y donde estamos acostumbrados. Estoy un rato paseando por las tiendas de los pisos
inferiores y de paso buscando dónde sacar liquidez.
Probablemente todas las marcas de cosméticos, moda de hombre y
mujer, joyería, relojes, etc. estén dentro de Abeno Harukas, pero
si les digo la verdad, pensé que no tenía mucho sentido perder
demasiado tiempo en Japón dando vueltas por un espacio comercial,
así que no tardé demasiado en decidirme a subir al mirador que
ocupa los últimos pisos del edificio. Ponernos en la cima de Osaka
no es gratis y el ticket debe comprarse en la planta 16 (cuesta 1.500
yenes, alrededor de 12 euros). Desde aquí tomamos el ascensor hasta
la planta 58. Una ascensorista sonríe a los presentes (sí, en
Japón aún se mantiene este tipo de profesiones) mientras señala
unos paneles a mi espalda que comienzan a alumbrarse con unas luces
francamente bonitas que van cambiando de color conforme el ascensor
va ascendiendo. Dios mío, qué maravilla el puto capitalismo a
veces, me cago en mis cojones. En el piso 58 hay una terraza con
cafetería y unas cristaleras desde las que admirar las vistas de
Osaka. Es el edificio más alto en el que he estado hasta ahora. Hago
unas cuantas fotos (que adjunto aquí mismo) y me tomo una especie de
yogurt con nata con esa especie de oso-mascota-azul en el envase.
Aprovecho para ir al baño, que también tiene las paredes
acristaladas y mientras me saco la chorra pienso que estoy meándoles
la cabeza a un par de hijos de puta que me caen horrible.
![]() |
| Esta especie de inquietante oso azul que nos da la bienvenida en la entrada parece ser la mascota del Abeno Harukas |
![]() |
| ¡¡COMPRA, COMPRA, COMPRA!! |
![]() |
| Me pregunto cuántos edulcorantes, aditivos y azúcares refinados tenía este yogurt del oso inquietante |
Ya
bajando de nuevo hacia la Tierra, me paso por otro piso en el que han
construido un espacio ajardinado con árboles ornamentales y algunos
bancos para sentarse. Allí aprovecho para descansar las piernas y
conectar un rato el cargador portátil al móvil para recuperar algo
de batería. Sigo preocupado por la escasez de efectivo.
Vuelvo
al hotel en metro y echando un vistazo al mapa me doy cuenta de que
hay un 7-Eleven muy cerca de allí. Esta famosa cadena de tiendas de
abastecimiento les sonará de tantas películas y series
norteamericanas. Siempre me gustó el cliché de la cuadrilla de
menores de edad apoltronados en la puerta a la espera de que algún
adulto misericordioso les comprase unas litronas. Pregunto a la
dependienta, de rasgos hindúes (y creo que es la primera persona de
ojos no rasgados que veo en un puesto de trabajo desde que llegué),
si tiene alguna máquina en la tienda donde pueda sacar algo de cash.
No comprende bien mi demanda, pero yo ya estoy probando un cajero
situado en la esquina de la tienda y sacando un billete de 10.000
yenes con el careto de Yukichi Fukuzawa, una de las figuras clave en
la revolución cultural del Japón feudal hacia la sociedad moderna.
Me cobran más de 4 euros de comisión.
![]() |
| No había ningún chaval esperándome junto a la puerta del 7-Eleven para pedirme que le comprara un par de cervezas |
Ya
más tranquilo económicamente, entro al hotel por la puerta trasera
y subo a mi habitación para echarme una siesta reparadora. Porque
hay costumbres que no puedo cambiar ni estando a 17.000 kilómetros
de distancia.
No sé cuánto tiempo he estado durmiendo, pero ya es de noche (aunque en Japón por estas fechas anochece sobre las 7 de la tarde) y tengo pensado visitar Dōtonbori, una de las avenidas turísticas más populares de Osaka. Está a unos 15 kilómetros de mi hotel, no me quedo en un barrio precisamente céntrico (de hecho olvidé mencionar que tengo que coger incluso un tranvía automatizado para llegar), pero ya manejo el metro con bastante soltura y en menos de 20 minutos paso del silencio sepulcral del tren al bullicio frenético del distrito de Namba rodeado de gigantescos carteles luminosos, neones estridentes y cientos de restaurantes e izakayas con fachadas a cada cual más extravagante. ¿Qué es Dōtonbori? Pues Dōtonbori es la leche en vinagre, es el centro de ocio nocturno de Osaka por excelencia, donde están los cabarets, los cines, los karaokes, interminables galerías de tiendas y, probablemente la mayor oferta gastronómica de la ciudad. Dōtonbori corre en paralelo al canal fluvial más contaminado del mundo, con casi un metro de altura de puro sedimento de inmundicia, pero poco importa aquí la higiene al japonés cuando alguno de los equipos deportivos de la ciudad gana algún título importante y los hinchas acuden en masa a bañarse en este río de mierda. Hermoso cómo el deporte es capaz de apabullar hasta las convenciones sociales más antediluvianas.
No sé cuánto tiempo he estado durmiendo, pero ya es de noche (aunque en Japón por estas fechas anochece sobre las 7 de la tarde) y tengo pensado visitar Dōtonbori, una de las avenidas turísticas más populares de Osaka. Está a unos 15 kilómetros de mi hotel, no me quedo en un barrio precisamente céntrico (de hecho olvidé mencionar que tengo que coger incluso un tranvía automatizado para llegar), pero ya manejo el metro con bastante soltura y en menos de 20 minutos paso del silencio sepulcral del tren al bullicio frenético del distrito de Namba rodeado de gigantescos carteles luminosos, neones estridentes y cientos de restaurantes e izakayas con fachadas a cada cual más extravagante. ¿Qué es Dōtonbori? Pues Dōtonbori es la leche en vinagre, es el centro de ocio nocturno de Osaka por excelencia, donde están los cabarets, los cines, los karaokes, interminables galerías de tiendas y, probablemente la mayor oferta gastronómica de la ciudad. Dōtonbori corre en paralelo al canal fluvial más contaminado del mundo, con casi un metro de altura de puro sedimento de inmundicia, pero poco importa aquí la higiene al japonés cuando alguno de los equipos deportivos de la ciudad gana algún título importante y los hinchas acuden en masa a bañarse en este río de mierda. Hermoso cómo el deporte es capaz de apabullar hasta las convenciones sociales más antediluvianas.
Anécdotas
aparte, creo que estando en Dōtonbori
es conveniente hablar un poco más en profundidad de la gastronomía
japonesa, que tiene muchos platos estrechamente ligados a Osaka. Me
quedé sin probar la mayor parte de ellos porque la oferta es casi
infinita y además cometí el error de pensar que algunos de ellos
podría probarlos en otras ciudades. En Osaka hacen los fabulosos
okonomiyakis,
una especie de pancakes con una base de harina, huevo y agua con
diferentes ingredientes encima, normalmente carne o marisco, pero
incluso pueden estar los dos combinados porque es una receta muy
flexible. La diversidad culinaria es inmensa, desde los fideos udon
con tofu, pasando por el tsukune
(unas brochetas de albóndigas de pollo a la parrilla), mucha comida
a base de cangrejo y mi favorita: los takoyakis,
unos buñuelos del tamaño de una pelota de ping-pong rellenos de
pulpo servidos en salsa y espolvoreados con aonori,
el alga verde japonesa. Los takoyakis
se cocinan en una plancha con unos curiosos agujeros redondos y
normalmente te entregan 8 unidades en una cajita de cartón para
comerlos con palillos. Como pueden ver, la gastronomía de Japón
poco tiene que ver con lo que se sirve en esas franquicias de woks
reducidos a fideos y sushi que
tan de moda se han puesto en España.
![]() |
| En este puesto tan chulo de aquí me pedí mis takoyakis |
![]() |
| Aquí estan: buñuelos rellenos de pulpo recién sacados de la plancha |
![]() |
| Carne de la raza bovina wagyu, las famosas vacas de Kobe. Solamente 300 gramos cuestan unos 215 €, como pueden ver en este menú. |
Paseo
un buen rato por Dōtonbori
y las laberínticas calles de Namba, hay mucho occidental visitando
este enclave de Osaka, pero yo me regocijo viendo a los japoneses
pasándoselo bien, algunos borrachos como piojos, otros partiendo la
pana en las máquinas recreativas de baile, chicas guapísimas
desfilando en tacones imposibles, los aromas exóticos de los
abarrotados puestos de comida callejera...Dios mío, quiero vivir
aquí. Dōtonbori
es una de las localizaciones principales de Yakuza 0 y, mientras
deambulo de un lado a otro, no puedo evitar la fantasía de que estoy
encarnando a Goro Majima recorriendo estas calles, que están
increíblemente bien recreadas en el juego pese a que este se
desarrolla a finales de los 80. En plena abstracción yakuza,
recuerdo que debo volver al hotel antes de medianoche, no porque se
vaya a romper el hechizo de un cuento de hadas, sino porque a esta
hora es cuando deja de funcionar el Metro de Osaka. Me voy tomando un
zumo de manzana comprado en una oportuna convenience
store y
vuelvo solo hasta el hotel satisfecho por el recorrido de hoy, que ha
salido prácticamente como tenía calculado en mi planning.
Osaka es una ciudad que nunca podríamos catalogar como hermosa en líneas generales porque es un conglomerado de rascacielos y edificios grisáceos, pero es un lugar que desborda carisma por los cuatro costados y es probable que aquí puedas comer mejor y más barato que en Tokyo, su antagonista turístico. Me quedaron algunos rincones por visitar, como Amerikamura o Tsuruhashi, el barrio coreano, quizá con algún día más hubiese podida recorrerla al completo.
Osaka es una ciudad que nunca podríamos catalogar como hermosa en líneas generales porque es un conglomerado de rascacielos y edificios grisáceos, pero es un lugar que desborda carisma por los cuatro costados y es probable que aquí puedas comer mejor y más barato que en Tokyo, su antagonista turístico. Me quedaron algunos rincones por visitar, como Amerikamura o Tsuruhashi, el barrio coreano, quizá con algún día más hubiese podida recorrerla al completo.
Llegando al hotel, me llama la atención el contraste de Dōtonbori con esta zona de la ciudad, donde el paisaje es casi estático y las calles están completamente vacías, tanto es así que descubro a un gato dormitando en mitad de la calzada. Esta vez estoy bastante cansado y no tardo en conciliar el sueño. Mañana espera otra ciudad en mi agenda: la primera capital permanente de Japón y donde florecería el budismo japonés: Nara.
![]() |
| Un neko de ojos rasgados me observa en silencio de camino al hotel. |























No hay comentarios:
Publicar un comentario