Érase una vez una pequeña familia de patitos: Mamá Pata y sus tres polluelos. No había Papá Pato pues se lo había comido un cernícalo, pero esto no era impedimento para que Mamá Pata y su prole vivieran felices, porque como todos sabemos, la mayoría de los personajes de las fábulas proceden de familias monoparentales.
Así pues, Mamá Pata cuidaba de sus patitos en un pequeño estanque campestre. Les daba comida, les daba calor y protección, los cuidaba de las bandadas de cernícalos y les enseñaba a nadar en las tranquilas y cristalinas aguas del estanque.
Mamá Pata estaba orgullosa de sus vástagos, que pronto comenzaron a desarrollar un hermoso plumaje de color blanco. Sin embargo, uno de ellos seguía manteniendo la piel rosada tan característica de los polluelos recién nacidos. Para colmo de males, el polluelo era bastante tonto. Mientras los otros hermanitos se zambullían en el agua con gran habilidad y destreza, él cada vez que lo intentaba se quedaba flotando bocabajo.
- Mira al feo ese - le señalaban las ranas sentadas sobre los nenúfares.
- Date la vuelta, simplón - le gritaban las carpas desde el fondo del estanque.
- Muchacho, eres más tonto que pellizcar el agua - le decían las libélulas mientras volaban por allí.
Hasta las algas se reían de él.
El polluelo, que encima se llamaba Armiche, estaba harto de los comentarios y de ser el centro de las mofas para todas las criaturas del estanque. Así que el polluelo fue a ver al Gran Sabio, un enorme y longevo sapo que vivía en una recóndita charca muy cerca de allí. Se decía que el Gran Sabio tenía la respuesta definitiva para todos y cada uno de los misterios del universo, pero cada visitante tan sólo podía hacerle como máximo dos preguntas.
Afortunadamente, el polluelo Armiche iba con las cosas claras y no tardó en formular la primera:
- Gran Sabio, ¿qué puedo hacer para que me salgan las plumas?
- No desesperes, pequeña ave de sangre caliente - dijo el sapo con su voz grave y profunda - Vale más la recompensa del vencido que la aflicción del vencedor.
Y la segunda:
- Gran Sabio, ¿qué puedo hacer para no ser tan subnormal?
- Tranquila, pequeña ave - contestó el sapo - No es más rápido el colibrí que aletea junto a los pétalos de una amapola, que el camino predefinido de la lluvia cuando fluye por el riachuelo.
Después de estas sabias palabras, el sapo se difuminó en medio de una espesa cortina de humo. El polluelo no entendió un carajo de lo que le había dicho, así que agachó la cabeza y regresó al estanque sin parar de preguntarse por el sentido de aquellas grandilocuentes frases recitadas por el anfibio.
Pasaban los días en el estanque y el polluelo apenas salía del nido. Permanecía en silencio, sentado sobre sus pequeñas patas intentando darle sentido a los acertijos del sapo. Había dejado de comer y su rosáceo cuerpecillo sin plumas se iba volviendo más y más escuálido.
Un buen día el polluelo se sintió verdaderamente incapaz de descifrar las palabras del sapo. Así que se levantó del nido y se acercó a Mamá Pata con la esperanza de que esta arrojara un poco de luz a tan enigmáticas frases.
- Mamá, vale más la recompensa del vencido que la aflicción del vencedor.
Mamá Pata permaneció de pie, inmóvil, guardando silencio mientras contemplaba el raquítico cuerpo de su querido hijo.
- Mamá, no es más rápido el colibrí que aletea junto a los pétalos de una amapola, que el camino predefinido de la lluvia cuando fluye por el riachuelo.
A continuación, Mamá Pata le lanzó un feroz picotazo en la cabeza a su repugnante hijo, que cayó al suelo retorciéndose en medio de un gran charco de sangre. Sus hermanitos, que estaban escondidos entre la maleza, se abalanzaron sobre él para arrancarle las extremidades. Las ranas observaban la escena croando de risa, las carpas del fondo del estanque asomaban sus enormes bocas en la superficie esperando que les cayera algún pellejo sobrante con el que saciar el apetito y las libélulas revoloteaban sin parar encima de aquella carnicería ansiosas por encontrar un cadáver despedazado en el que depositar sus larvas.
Y mientras tanto, en la recóndita charca del Gran Sabio, el sapo se descojonaba como un descocido satisfecho con el embuste que le había endilgado al subnormal del polluelo.
Moraleja: nunca aceptéis consejos de desconocidos, por muy eruditos e inteligentes que parezcan en un principio. Además, ¿qué coño va a saber un sapo?
FIN
Así pues, Mamá Pata cuidaba de sus patitos en un pequeño estanque campestre. Les daba comida, les daba calor y protección, los cuidaba de las bandadas de cernícalos y les enseñaba a nadar en las tranquilas y cristalinas aguas del estanque.
Mamá Pata estaba orgullosa de sus vástagos, que pronto comenzaron a desarrollar un hermoso plumaje de color blanco. Sin embargo, uno de ellos seguía manteniendo la piel rosada tan característica de los polluelos recién nacidos. Para colmo de males, el polluelo era bastante tonto. Mientras los otros hermanitos se zambullían en el agua con gran habilidad y destreza, él cada vez que lo intentaba se quedaba flotando bocabajo.
- Mira al feo ese - le señalaban las ranas sentadas sobre los nenúfares.
- Date la vuelta, simplón - le gritaban las carpas desde el fondo del estanque.
- Muchacho, eres más tonto que pellizcar el agua - le decían las libélulas mientras volaban por allí.
Hasta las algas se reían de él.
El polluelo, que encima se llamaba Armiche, estaba harto de los comentarios y de ser el centro de las mofas para todas las criaturas del estanque. Así que el polluelo fue a ver al Gran Sabio, un enorme y longevo sapo que vivía en una recóndita charca muy cerca de allí. Se decía que el Gran Sabio tenía la respuesta definitiva para todos y cada uno de los misterios del universo, pero cada visitante tan sólo podía hacerle como máximo dos preguntas.
Afortunadamente, el polluelo Armiche iba con las cosas claras y no tardó en formular la primera:
- Gran Sabio, ¿qué puedo hacer para que me salgan las plumas?
- No desesperes, pequeña ave de sangre caliente - dijo el sapo con su voz grave y profunda - Vale más la recompensa del vencido que la aflicción del vencedor.
Y la segunda:
- Gran Sabio, ¿qué puedo hacer para no ser tan subnormal?
- Tranquila, pequeña ave - contestó el sapo - No es más rápido el colibrí que aletea junto a los pétalos de una amapola, que el camino predefinido de la lluvia cuando fluye por el riachuelo.
Después de estas sabias palabras, el sapo se difuminó en medio de una espesa cortina de humo. El polluelo no entendió un carajo de lo que le había dicho, así que agachó la cabeza y regresó al estanque sin parar de preguntarse por el sentido de aquellas grandilocuentes frases recitadas por el anfibio.
Pasaban los días en el estanque y el polluelo apenas salía del nido. Permanecía en silencio, sentado sobre sus pequeñas patas intentando darle sentido a los acertijos del sapo. Había dejado de comer y su rosáceo cuerpecillo sin plumas se iba volviendo más y más escuálido.
Un buen día el polluelo se sintió verdaderamente incapaz de descifrar las palabras del sapo. Así que se levantó del nido y se acercó a Mamá Pata con la esperanza de que esta arrojara un poco de luz a tan enigmáticas frases.
- Mamá, vale más la recompensa del vencido que la aflicción del vencedor.
Mamá Pata permaneció de pie, inmóvil, guardando silencio mientras contemplaba el raquítico cuerpo de su querido hijo.
- Mamá, no es más rápido el colibrí que aletea junto a los pétalos de una amapola, que el camino predefinido de la lluvia cuando fluye por el riachuelo.
A continuación, Mamá Pata le lanzó un feroz picotazo en la cabeza a su repugnante hijo, que cayó al suelo retorciéndose en medio de un gran charco de sangre. Sus hermanitos, que estaban escondidos entre la maleza, se abalanzaron sobre él para arrancarle las extremidades. Las ranas observaban la escena croando de risa, las carpas del fondo del estanque asomaban sus enormes bocas en la superficie esperando que les cayera algún pellejo sobrante con el que saciar el apetito y las libélulas revoloteaban sin parar encima de aquella carnicería ansiosas por encontrar un cadáver despedazado en el que depositar sus larvas.
Y mientras tanto, en la recóndita charca del Gran Sabio, el sapo se descojonaba como un descocido satisfecho con el embuste que le había endilgado al subnormal del polluelo.
Moraleja: nunca aceptéis consejos de desconocidos, por muy eruditos e inteligentes que parezcan en un principio. Además, ¿qué coño va a saber un sapo?
FIN
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